Alice
Enero 7, 2009
Llega tarde. Lo sabe. Pero qué más da. Ha perdido el segundo autobús de vuelta y se ha quedado sola esperando el tercero. Blusa fina, negra, pantalón largo del mismo color. Frío. ¿Qué se puede esperar, sino, de una ciudad como Londres? Claro que, a ella, esto no le importa. Prefiere pasar frío a pasar calor, pasar el tiempo a solas a pasar el tiempo rodeada de personas con miradas perdidas por fuera y furtivas por dentro, sentada en una incómoda butaca esperando llegar a su casa. Es por esto que ha decidido dejar pasar dos autobuses, y es por esto que quema el tiempo intentando adivinar cuándo caerá la próxima gota de agua sobre su zapato. Llueve.
Con pasos tranquilos, intentando pisar todos los charcos con los que se topa a lo largo de la acera, la chica se dirige hacia una pequeña cafetería, no muy lejos del lugar donde, quizás, y sólo quizás, cogerá el próximo autobús. Gira el pomo de la puerta. No parece mostrar interés por observar la decoración, las luces tenues o las mesas vacías. Puede que ya conozca este lugar. Se dirige directamente a la barra, se sienta en una silla e introduce su mano en el bolsillo trasero izquierdo de su pantalón. Saca un billete de cinco libras y lo deja, con un ademán, encima de la barra. La chica se percata de que el dependiente no se ha dado cuenta de su presencia. Ella carraspea. El dependiente se gira al instante.
- Ya temía que no te pasases hoy por aquí —dice él.
- Ya.
- ¿Un buen día?
- Horrible. Creo que estoy empezando a constiparme —aparta la mirada, la deja caer sobre un recipiente repleto de bolsitas de té situado a su izquierda y se rasca la nuca. El dependiente persigue sus ojos.
- ¿Con leche? —pregunta.
- Solo —la mirada sigue sobre las bolsitas—, muy caliente —el dependiente la observa con expresión pensativa.
- Oye… ¿Quieres que llame un taxi, Alice? Ya es tarde, estarás cansada…—su tono es claramente fraternal. Alice levanta su mirada y la clava en la de su hermano.
- Si estuviese cansada hubiera cogido el primer autobús y ahora estaría durmiendo en mi casa en lugar de hablando contigo y esperando a que me sirvieses un maldito té caliente. Todavía no has cogido la bolsita. Te he tendido cinco libras; cóbrame y sírveme. Ahora sí empiezo a estar cansada—Alice mantiene un tono grave hasta el final, termina de hablar y desciende la mirada hasta toparse con sus zapatos.
- ¡Para qué digo nada! —Extiende el brazo izquierdo y coge una bolsita con el nombre Earl Grey impreso en la etiqueta.
Alice levanta sus brazos y los cruza encima de la barra. Sus ojos están concentrados en la punta de sus zapatos que, a causa de las gotas de lluvia, parecen tener un color más oscuro que el resto de la prenda. Mueve los dedos de sus pies, nota el calcetín frío y suelta un estornudo. Su hermano pone el té ante ella, se agacha, abre un cajón y saca un bombón de chocolate sin envoltorio, colocándolo al lado de la taza de té.
- Huele bien —se limita a decir Alice. Coge la taza con las dos manos a fin de calentarlas y suelta un suspiro. Bebe.
- ¿Qué tal te va todo? —En realidad, su hermano ya sabe la respuesta. Siempre es la misma. Siempre. Él sabe que las respuestas de su hermana a este tipo de preguntas son secas, neutras. Típicas respuestas a preguntas de cortesía. Alice no contesta hasta que ha bebido todo.
- Ahora, bien. Me marcho.
- Sabes que no te pienso cobrar —su hermano empuja el billete de cinco libras hacia ella con el dedo. La mira.
- Eres idiota.
- Y quién no.
- Cierto —Alice coge el billete, lo guarda en el bolsillo trasero izquierdo, se levanta y se dirige hacia la puerta—.
Su hermano la mira mientras se aleja. Cuando Alice está apunto de salir, se detiene sin mirar atrás.
- Matthew… —dice ella con un hilo de voz.
- ¿Si? —responde su hermano.
- Buenas noches —Matthew no puede evitar sonreír.
- Buenas noches, hermanita.
Alice sale de la cafetería y se dirige hacia la parada de autobús. Pasa de largo, intentando esquivar los charcos. Quiere llegar a su casa. No le importa nada: ni el tiempo que tardará en llegar a su portal, ni la lluvia torrencial que cae, ni su hermano, ni el bombón de chocolate que ha dejado al lado de la taza de té que se está terminando de enfriar. Nada escapa al frío de Diciembre; tampoco Alice.Con pasos tranquilos, intentando pisar todos los charcos con los que se topa a lo largo de la acera, la chica se dirige hacia una pequeña cafetería, no muy lejos del lugar donde, quizás, y sólo quizás, cogerá el próximo autobús. Gira el pomo de la puerta. No parece mostrar interés por observar la decoración, las luces tenues o las mesas vacías. Puede que ya conozca este lugar. Se dirige directamente a la barra, se sienta en una silla e introduce su mano en el bolsillo trasero izquierdo de su pantalón. Saca un billete de cinco libras y lo deja, con un ademán, encima de la barra. La chica se percata de que el dependiente no se ha dado cuenta de su presencia. Ella carraspea. El dependiente se gira al instante.
- Ya temía que no te pasases hoy por aquí —dice él.
- Ya.
- ¿Un buen día?
- Horrible. Creo que estoy empezando a constiparme —aparta la mirada, la deja caer sobre un recipiente repleto de bolsitas de té situado a su izquierda y se rasca la nuca. El dependiente persigue sus ojos.
- ¿Con leche? —pregunta.
- Solo —la mirada sigue sobre las bolsitas—, muy caliente —el dependiente la observa con expresión pensativa.
- Oye… ¿Quieres que llame un taxi, Alice? Ya es tarde, estarás cansada…—su tono es claramente fraternal. Alice levanta su mirada y la clava en la de su hermano.
- Si estuviese cansada hubiera cogido el primer autobús y ahora estaría durmiendo en mi casa en lugar de hablando contigo y esperando a que me sirvieses un maldito té caliente. Todavía no has cogido la bolsita. Te he tendido cinco libras; cóbrame y sírveme. Ahora sí empiezo a estar cansada—Alice mantiene un tono grave hasta el final, termina de hablar y desciende la mirada hasta toparse con sus zapatos.
- ¡Para qué digo nada! —Extiende el brazo izquierdo y coge una bolsita con el nombre Earl Greyimpreso en la etiqueta.
Alice levanta sus brazos y los cruza encima de la barra. Sus ojos están concentrados en la punta de sus zapatos que, a causa de las gotas de lluvia, parecen tener un color más oscuro que el resto de la prenda. Mueve los dedos de sus pies, nota el calcetín frío y suelta un estornudo. Su hermano pone el té ante ella, se agacha, abre un cajón y saca un bombón de chocolate sin envoltorio, colocándolo al lado de la taza de té.
- Huele bien —se limita a decir Alice. Coge la taza con las dos manos a fin de calentarlas y suelta un suspiro. Bebe.
- ¿Qué tal te va todo? —En realidad, su hermano ya sabe la respuesta. Siempre es la misma. Siempre. Él sabe que las respuestas de su hermana a este tipo de preguntas son secas, neutras. Típicas respuestas a preguntas de cortesía. Alice no contesta hasta que ha bebido todo.
- Ahora, bien. Me marcho.
- Sabes que no te pienso cobrar —su hermano empuja el billete de cinco libras hacia ella con el dedo. La mira.
- Eres idiota.
- Y quién no.
- Cierto —Alice coge el billete, lo guarda en el bolsillo trasero izquierdo, se levanta y se dirige hacia la puerta—.
Su hermano la mira mientras se aleja. Cuando Alice está apunto de salir, se detiene sin mirar atrás.
- Matthew… —dice ella con un hilo de voz.
- ¿Si? —responde su hermano.
- Buenas noches —Matthew no puede evitar sonreír.
- Buenas noches, hermanita.
Alice sale de la cafetería y se dirige hacia la parada de autobús. Pasa de largo, intentando esquivar los charcos. Quiere llegar a su casa. No le importa nada: ni el tiempo que tardará en llegar a su portal, ni la lluvia torrencial que cae, ni su hermano, ni el bombón de chocolate que ha dejado al lado de la taza de té que se está terminando de enfriar. Nada escapa al frío de Diciembre; tampoco Alice.
© Fer S.